
En ocasiones surge la pregunta: “¿𝗣𝗼𝗿 𝗾𝘂𝗲́ 𝗻𝗼 𝗰𝗼𝗺𝗽𝗮𝗿𝘁𝗶́𝘀 𝘃𝗶́𝗱𝗲𝗼𝘀 𝗱𝗲 𝘀𝗲𝘀𝗶𝗼𝗻𝗲𝘀 𝗼 𝗶𝗺𝗮́𝗴𝗲𝗻𝗲𝘀 𝗱𝗲 𝗽𝗮𝗰𝗶𝗲𝗻𝘁𝗲𝘀?” Para nosotras, la respuesta es inseparable de nuestra ética y de nuestra manera de entender la terapia.
El trabajo terapéutico ocurre en un espacio de enorme sensibilidad, donde la persona se mueve entre su vulnerabilidad, sus capacidades y su historia. Es un 𝗽𝗿𝗼𝗰𝗲𝘀𝗼 𝗶́𝗻𝘁𝗶𝗺𝗼, 𝗶𝗿𝗿𝗲𝗽𝗲𝘁𝗶𝗯𝗹𝗲 𝘆 𝗽𝗿𝗼𝗳𝘂𝗻𝗱𝗮𝗺𝗲𝗻𝘁𝗲 𝗵𝘂𝗺𝗮𝗻𝗼, 𝗾𝘂𝗲 𝗺𝗲𝗿𝗲𝗰𝗲 𝘀𝗲𝗿 𝗽𝗿𝗼𝘁𝗲𝗴𝗶𝗱𝗼 𝗰𝗼𝗻 𝗮𝗯𝘀𝗼𝗹𝘂𝘁𝗮 𝗿𝗲𝘀𝗽𝗼𝗻𝘀𝗮𝗯𝗶𝗹𝗶𝗱𝗮𝗱.
𝗠𝗼𝘀𝘁𝗿𝗮𝗿𝗹𝗼 (aunque exista consentimiento) altera la esencia de ese encuentro y 𝗹𝗼 𝗰𝗼𝗻𝘃𝗶𝗲𝗿𝘁𝗲 𝗲𝗻 𝗮𝗹𝗴𝗼 𝗾𝘂𝗲 𝗻𝗼 𝗲𝘀: un producto para observar y consumir.
Y no.
𝗡𝗼 𝘁𝗼𝗱𝗼 𝘃𝗮𝗹𝗲 𝗽𝗮𝗿𝗮 𝗴𝗮𝗻𝗮𝗿 𝘃𝗶𝘀𝗶𝗯𝗶𝗹𝗶𝗱𝗮𝗱 𝗻𝗶 𝗽𝗮𝗿𝗮 𝗮𝗹𝗶𝗺𝗲𝗻𝘁𝗮𝗿 𝗲𝗴𝗼𝘀 𝗽𝗿𝗼𝗳𝗲𝘀𝗶𝗼𝗻𝗮𝗹𝗲𝘀.
𝗟𝗮 𝗽𝗿𝗶𝘃𝗮𝗰𝗶𝗱𝗮𝗱 𝗻𝗼 𝗲𝘀 𝘀𝗼𝗹𝗼 𝘂𝗻𝗮 𝗼𝗯𝗹𝗶𝗴𝗮𝗰𝗶𝗼́𝗻 𝗹𝗲𝗴𝗮𝗹: 𝗲𝘀 𝘂𝗻 𝗮𝗰𝘁𝗼 𝗱𝗲 𝗿𝗲𝘀𝗽𝗲𝘁𝗼 𝗵𝗮𝗰𝗶𝗮 𝗾𝘂𝗶𝗲𝗻𝗲𝘀 𝗰𝗼𝗻𝗳𝗶́𝗮𝗻 𝗲𝗻 𝗻𝗼𝘀𝗼𝘁𝗿𝗮𝘀 𝗲𝗻 𝗺𝗼𝗺𝗲𝗻𝘁𝗼𝘀 𝗰𝗿𝘂𝗰𝗶𝗮𝗹𝗲𝘀 𝗱𝗲 𝘀𝘂𝘀 𝘃𝗶𝗱𝗮𝘀. Sin embargo, 𝗰𝗿𝗲𝗲𝗺𝗼𝘀 𝗳𝗶𝗿𝗺𝗲𝗺𝗲𝗻𝘁𝗲 𝗾𝘂𝗲 𝘀𝗲 𝗽𝘂𝗲𝗱𝗲 𝗰𝗼𝗺𝘂𝗻𝗶𝗰𝗮𝗿 𝗰𝗼𝗻 𝗿𝗶𝗴𝗼𝗿 𝘆 𝗮𝘂𝘁𝗲𝗻𝘁𝗶𝗰𝗶𝗱𝗮𝗱 𝗾𝘂𝗶𝗲́𝗻𝗲𝘀 𝘀𝗼𝗺𝗼𝘀, 𝗾𝘂𝗲́ 𝗵𝗮𝗰𝗲𝗺𝗼𝘀 𝘆 𝗰𝘂𝗮́𝗹 𝗲𝘀 𝗻𝘂𝗲𝘀𝘁𝗿𝗼 𝗽𝗿𝗼𝗽𝗼́𝘀𝗶𝘁𝗼. Podemos hacerlo desde símbolos: una mano, un instrumento, un detalle visual que hable de nuestra labor sin invadir la privacidad de nadie.
Y estas reflexiones en voz alta , merecen que aclaremos algo importante: 𝗲𝘀𝘁𝗮 𝗽𝗼𝘀𝘁𝘂𝗿𝗮 𝗻𝗼 𝗲𝘀 𝘂𝗻𝗮 𝗰𝗿𝗶́𝘁𝗶𝗰𝗮 𝗵𝗮𝗰𝗶𝗮 𝗾𝘂𝗶𝗲𝗻𝗲𝘀 𝘀𝗶́ 𝗰𝗼𝗺𝗽𝗮𝗿𝘁𝗲𝗻 𝗺𝗮𝘁𝗲𝗿𝗶𝗮𝗹 𝗰𝗹𝗶́𝗻𝗶𝗰𝗼. Cada profesional o cada institución toma decisiones según su contexto, sus objetivos y su propia reflexión ética.
Simplemente, desde Asociación Latir, nosotras explicamos nuestra elección, ante la pregunta con la que empezábamos esta reflexión.
– Elegimos cuidar ese espacio.
– Elegimos no exponerlo.
– Elegimos recordar que la dignidad de cada persona está siempre por encima del contenido «compartible».
Y elegimos esta vía porque 𝗹𝗮 𝗰𝗼𝗻𝗳𝗶𝗮𝗻𝘇𝗮 𝗾𝘂𝗲 𝗹𝗮𝘀 𝗽𝗲𝗿𝘀𝗼𝗻𝗮𝘀 𝗱𝗲𝗽𝗼𝘀𝗶𝘁𝗮𝗻 𝗲𝗻 𝗻𝗼𝘀𝗼𝘁𝗿𝗮𝘀 𝗲𝘀 𝘂𝗻 𝗯𝗶𝗲𝗻 𝗾𝘂𝗲 𝘀𝗲 𝗽𝗿𝗼𝘁𝗲𝗴𝗲, 𝗻𝗼 𝗾𝘂𝗲 𝘀𝗲 𝗲𝘅𝗵𝗶𝗯𝗲. 𝗖𝗼𝗺𝘂𝗻𝗶𝗰𝗮𝗿 𝗲𝘀 𝗶𝗺𝗽𝗼𝗿𝘁𝗮𝗻𝘁𝗲 (en un mundo en el que parece que si no publicas cada cosa que haces, no existes), 𝗽𝗲𝗿𝗼 𝗻𝘂𝗻𝗰𝗮 𝗮 𝗰𝗼𝘀𝘁𝗮 𝗱𝗲 𝗹𝗮 𝗱𝗶𝗴𝗻𝗶𝗱𝗮𝗱 𝗱𝗲 𝗾𝘂𝗶𝗲𝗻𝗲𝘀 𝗮𝗰𝗼𝗺𝗽𝗮𝗻̃𝗮𝗺𝗼𝘀.
